¿QUÉ ES EL FOCUSING?


FOCUSING

EL FOCUSING

El focusing es una herramienta, en el proceso y trabajo terapéutico, que sirve para conectar con aquellos significados latentes, o implícitos, que están en nuestro cuerpo, pero no llegan a nuestra conciencia. Es decir, mediante las sensaciones corporales, podemos llegar a conocer aquello que no hemos logrado ver desde la mente.

Así, se trata de focalizar la atención en el cuerpo, adoptando una posición abierta ante lo que podamos sentir, ante lo que pueda venir. Y, acogiendo la sensación física como una parte más de nosotros, no como un extraño, llegamos a identificarla, nombrarla, y entenderla: por qué o para qué está ahí.

A diferencia de la psicosomática, no se trata de acudir a terapia con un dolor físico marcado, para poder hacer esta técnica. Cualquier persona, sin ninguna dolencia física o malestar, durante el focusing, experimentará sensaciones corporales, que, una vez se acabe el ejercicio, desaparecerán.

Desde esta perspectiva, el cuerpo tiene su propio saber, y, si nos detenemos a escucharlo, podemos acogerlo desde la consciencia. Podría decirse que el cuerpo es un sabio, y, las sensaciones físicas, mensajes por descifrar.

¿Cuáles son las fases del focusing? Son cinco fases:

  1. Despejar un espacio: se trata de relajar la mente y el cuerpo para crear esa apertura a lo que venga, que antes he mencionado.
  2. Sensación- sentida: se trata de formar una sensación sentida, abriéndonos a sentir lo que venga, dejando que sea el propio cuerpo quien elija qué tema trabajar.
  3. Encontrar un asidero: permitir que se exprese la sensación sentida, nombrándola, simbolizándola.
  4. Resonar: chequear que el significante puesto a la sensación es realmente el que mejor se ajusta.
  5. Preguntar: para profundizar y buscar mejor el/los significado/s asociados.

Se señala como autor de esta técnica a Gendlin, sin embargo, ya era usada en el budismo, hace dos mil años.

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¿ES LO MISMO ESTAR TRISTE QUE DEPRIMIDO?

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 “Estoy triste”, “estoy deprimido”, “no tengo ganas de nada”. Son algunas de las frases asociadas comúnmente a la depresión, sin saber realmente bien a qué nos estamos refiriendo. Todo el mundo se ha sentido alguna vez con el ánimo caído, pero, ¿cuándo estamos verdaderamente ante un caso de depresión? Y, ¿qué es exactamente la depresión, estar triste, o algo más?

Una de las características principales de la depresión es la tristeza, pero aparece acompañada de otros síntomas, como pensamientos negativos acerca de uno mismo, el mundo y el futuro; disminución de la energía; o insomnio.

Mientras la tristeza es un tono vital bajo, y una de las características de la depresión, la depresión es un estado de ánimo. Es decir, más constante, duradera, y con mayor presencia sintomatológica.

Así, el trastorno o episodio depresivo mayor, que es el desorden afectivo más común, dentro de la depresión, se caracteriza por la presencia, durante al menos dos semanas, de un estado de ánimo deprimido, y desinterés o disminución del placer en cualquier actividad. Estos síntomas van acompañados de otros, como: la pérdida o el aumento de peso, el insomnio o hipersomnia (exceso de sueño), agitación o enlentecimiento psicomotor, bradipsiquia (enlentecimiento psíquico), fatiga, sentimiento de inutilidad o culpa, dificultad para concentrarse o indecisión, y/o pensamientos recurrentes de muerte o suicidio. Además, la presencia de esta sintomatología interfiere en el desempeño de las actividades de la vida cotidiana.

¿Cuándo buscar ayuda? La tristeza es un estado común, como respuesta ante una pérdida o cambios hormonales. Se convierte en depresión cuando surge la incapacidad de afrontar el día a día, cuando las emociones se tornan limitantes, y, como antes he reflejado, se extiende en el tiempo. Es entonces cuando uno debe buscar ayuda psicológica.

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VIVIMOS EN LA ERA DE LAS EMOCIONES

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Parece que de la era de la razón que imperaba en el siglo XVIII, hemos pasado a la era de la emoción, en el siglo XXI, con su eslogan:“siente más, piensa menos”. Hay millones de artículos, de libros e investigaciones que versan sobre esta temática. Quizás en esto haya influido el hecho de que cada vez hay más trastornos del estado de ánimo. O que, la inteligencia emocional, cobra cada vez mayor relevancia, sobretodo a la hora de relacionarse.

De manera muy resumida, Daniel Goleman, define la inteligencia emocional como la capacidad para identificar/ darnos cuenta de nuestras propias emociones, y comprender los sentimientos de los demás. En este sentido, las emociones son adaptativas: las emociones positivas nos acercan a ciertas situaciones; mientras las negativas, nos alejan.

Cuando llevamos a cabo conductas sin primero reflexionar, de manera impulsiva, dejándonos llevar por las emociones sin antes habernos detenido a identificarlas, a hacerlas conscientes, es como abrir la puerta de nuestra casa al oír el timbre, sin antes mirar por la mirilla a ver de quién se trata. Y, evidentemente, ya no sólo existe el peligro de dar una respuesta equívoca al abrir la puerta a quien no se debía, de ejecutar X respuesta que no se debía, sino que uno no abre la puerta vestido de igual manera a su vecino, que a un amigo, o a un novio/a; uno no responde (o no debería) del mismo modo ante personas de diferentes contextos (trabajo/amigos/familia). Es decir, para que nuestra respuesta se ajuste correctamente al contexto, uno no puede actuar de manera irreflexiva, exaltada.

Leslie Greenberg y Lorne Korman dicen “si la emoción no se experimenta conscientemente, se ejecuta sin la experiencia de la emoción. Sin embargo, si se bloquea el camino, se desarrolla una consciencia más fuerte del sentimiento”. Es decir, en la impulsividad, en la tendencia a la acción sin reflexión, no se experimenta la emoción de manera consciente, por lo que uno puede actuar totalmente en contra de lo que realmente siente (y luego arrepentirse). Esta idea podríamos llevarla más allá, planteándola como causa de la siguiente hipótesis: las personas impulsivas suelen ser menos introspectivas, y suelen, por tanto y también, tener menos consciencia de su mundo interior; en este caso, de su mundo emocional. En cambio, aquellas personas que no actúan por impulsos, suelen ser más reflexivas, poseyendo más conocimiento de sí mismas y sus emociones. De este modo, la disposición ante la acción determinaría el autoconocimiento.

Ahora bien, no se trata de ser una persona que no actúe sin antes reflexionar, de vivir en un mundo de caracoles, se trata de poder identificar nuestras emociones y, después, actuar.

Este aprendizaje (del mundo interno y las emociones propias y ajenas), para una persona que le cueste mucho dejar de ser impulsiva, llevará su tiempo. Pero verá mejorar su calidad de vida con creces, tanto consigo misma, como con los otros.

Como reflexión final, la sociedad necesita tomar conciencia de la importancia de reconocer los propios sentimientos, puesto que va ligado a un proceso de maduración, necesario para construirnos como personas y comportarnos como tal, en un mundo de relaciones humanas. Éstas mejorarían si nos conociésemos más, y es que, sobre la autoconsciencia se erige la empatía.

 

 

Greenberg, L. y Korman, L. (1994), “La integración de la emoción en Psicoterapia”, Revista de Psicoterapia, vol. IV, nº 16, págs. 5-19.

Goleman, D. (2001). Inteligencia Emocional. Editorial Kairós.

 

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